viernes, 28 de febrero de 2014

“LA PALABRA”


              De mi propia experiencia.
 “LA PALABRA”

La palabra es uno de los mayores y más preciados dones del que disponemos los humanos. Lo hemos recibido de Padre Dios. Hemos de administrarlo correctamente.
Nos permite comunicarnos, lo cual es una necesidad que todos los hombres y todas las mujeres sentimos. ¡Cuánto bien podemos hacer con la palabra!
Hablemos siempre cordialmente de todas las personas y de todas las cosas. Incluso cuando tengamos obligación de explicar o de aclarar sucesos desagradables.
La palabra es el gran medio para consolar al triste, al que sufre, al que necesita consejo. Sin palabra no es posible enseñar ni educar.
La Sagrada Escritura afirma que "la lengua del sabio cura las heridas”.
Las conversaciones constructivas nos enriquecen.
La palabra es el vehículo del aliento, de la alegría, de la paz, de la tranquilidad. Sin la comunicación no podríamos dar ni recibir estos bienes.
No usar la palabra con frivolidad, menos aún en temas de trascendencia.
Emplearla para manifestar los altos pensamientos del amor, de la amistad, de la familia, de la relación  interpersonal.  
Jamás para faltar a la verdad, a la caridad, o para ofender.
Recordemos las palabras del Apóstol Santiago “la lengua se puede convertir un mundo de iniquidad”.
Con ella podemos hacer mucho daño. También con ella podemos hacer mucho bien.
¡Cuántos amores rotos, cuántas amistades perdidas, por no haber callado en el momento oportuno!
Nuestro Señor Jesucristo dio mucha importancia a la palabra: ”Yo os digo que de cualquier palabra ociosa que hablen los hombres han de dar cuenta en el día del juicio”.
La palabra es ociosa cuando no aprovecha al que la dice ni al que la oye. Suele proceder de personas vacías interiormente, puede que hasta empobrecidas.
Si un creyente actúa así, es síntoma de tibieza, de falta de valor y de poco contenido.
Se nos pedirán cuenta de las conversaciones inútiles, de aquellas con las que pudimos hacer algo bueno y no lo hicimos.
De la murmuración, del chisme y de cualquier enredo. ¡Y no digamos de la calumnia!
Si no hay una educación en valores, éticos o religiosos, es difícil controlar la palabra ociosa. Controlar la lengua.
La presencia de Padre Dios en los creyentes y la de valores en los no creyentes son un freno para la mala palabra.
Ojalá nos recuerden de esta manera: nunca habló mal de nadie; no se le escuchó una palabra malsonante; pasó por la vida diciendo, haciendo y hablando del bien.
Por eso me gusta que el saludo -el primer acto de comunicación- sea educado y afectivo. A partir de ahí, la conversación puede ser  respetuosa, agradable, grata. Y con ella, la relación humana.
¡Qué alegría verle o verte y poderle saludar!

 

 

 

 

martes, 25 de febrero de 2014

“LA INCONDICIONALIDAD”

 
“LA INCONDICIONALIDAD”

 
Decía mi amiga y gran artista-conservacionista Mary Ann Kunkel, que el comportamiento debería ser incondicional, referido a que yo decía que  la honesta ayuda debía ser sin pedir nada a cambio.
Estoy de acuerdo, también incondicional.
Incondicional debería ser nuestro comportamiento en todo lo que  podemos hacer por los demás. La incondicionalidad debería ser una  forma de convivencia. Entregamos y recibimos todo aquello que  necesitamos sin más compensación que las gracias y la dicha de haberlo realizado.
La incondicionalidad no significa la idiotez, el abuso. Debe  significar la participación honesta en la búsqueda  y práctica del  bien ajeno.
“Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros  mismos”. Eso es incondicionalidad. Y esto lo podemos y debemos  practicar la humanidad entera, sea creyente o no.
¿Qué valores debemos tener para actuar de forma incondicional con mi prójimo?
Como inicio: ser sumamente educado en valores éticos o religiosos.
Creer en la humanidad.  Somos los seres más importantes de la Creación  o de los que vivimos sobre este Planeta, según opinión religiosa o  laica.
Todo está al servicio del ser humano. Tanto de la vida personal,  familiar, social, política o comunitaria.
Si este principio se practicase; no habría problemas, sólo situaciones  más o menos complicadas.
El egoísmo, la mala educación, pasotismo, individualismo, materialismo  etc. etc. son los enemigos acérrimos de la incondicionalidad.
Se comienza a ser incondicional desde que se tiene uso de razón, por  la educación recibida de los padres. Nunca es improvisada, es creada y a conciencia.
¿Vale la pena educar en la incondicionalidad? ¿Vale la pena vivirla?
Incondicionalidad y santidad van en paralelo. Nacen y se desarrollan  de la misma manera.
¿Hay mayor grado de satisfacción y alegría que vivir la santidad? Se  sea creyente o no.
La incondicionalidad es un fundamento importante de la felicidad y de  la libertad. Y para ello solo se necesita la honesta participación en todos los actos de nuestra vida.
¿ A qué esperamos?





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