viernes, 22 de septiembre de 2017

“EL DESPILFARRO”.






 “EL DESPILFARRO”
 
 Pocos cuestionan que el despilfarro sea un mal y como tal, algo reprobable. Pero hay determinadas actividades y estamentos en los que merece una condena enérgica y contundente.
 El diccionario dice que despilfarro es derrochar, malgastar, malbaratar. Todas y cada una de estas acepciones es dañina y tóxica.
 Quien despilfarra su patrimonio personal se arruina. Él mismo se condena. A veces, merece el reproche social de la prodigalidad, del derroche.
 Quien despilfarra el patrimonio público debería ser juzgado y condenado de forma enérgica: el dinero público es sagrado, porque es de todos.
 El ser humano ha despilfarrado desde de siempre. Y desde siempre, sus consecuencias han sido nefastas, ya sean a particulares como a una comunidad.
 Por su puesto, la gravedad del despilfarro está en relación directa al número de personas que afecta y a la cantidad despilfarrada.
 Hay muchas formar de despilfarrar, no sólo con dinero, y voy a dar algunos ejemplos:
        -  El enchufismo.
        - No dedicarle el tiempo obligado a un trabajo, público o privado.
        - Despreocuparse de las propias responsabilidades.
        - "Pasar"; el pasota despilfarra no por sus acciones, no, lo hace por no hacer nada.
        - Creerse que uno se lo sabe todo, o creerse que su puesto es una propiedad particular en política, es despilfarrar.         
Insisto que el despilfarro en política, el despilfarro en la actividad de los bienes de la comunidad, es tremendamente perjudicial porque afecta a muchas personas. A mayor número de personas que afecta, mayor el daño y mayor debería ser la pena o castigo al delincuente. No hay que olvidar el valor o dimensión ejemplar de las penas.
 No creo que haya lugar a la duda: quien despilfarra los bienes de la comunidad es un delincuente; el despilfarro debería ser un delito notorio, porque es un delito que se comete públicamente y afecta a muchas personas.
 A ello hay que añadir que en la época que nos ha tocado vivir, los despilfarros son más dañinos. Hoy todos los recursos son pocos, y el despilfarrar causa un daño enorme.
 Pero hay un despilfarro aún más demoledor y espantoso: desperdiciar la propia vida y en cosa que nos ha convencido y lo hemos creído.
 La vida de cada uno de nosotros es tan sumamente impresionante que somos únicos e irrepetibles, y nuestra vida es de un valor incalculable. 
 Desperdiciar la vida, despilfarrar la vida es algo que debemos tener muy presentes, porque el tiempo pasa y no es recuperable jamás.        
 El ayer ya no vuelve más.
 Todos, creyentes como no, todos tenemos que ser conscientes de nuestras obligaciones particulares, familiares y sociales, y no podemos despreocuparnos de ellas.
 Cualquier forma de despilfarro es funesta, y nunca es tarde para enmendarse.
 ¡Qué me lo digan a mí!
 Seguro que alguna vez he despilfarrado en mi vida, y ruego a Padre Dios y a la Virgen del Pino que me perdonen, y me hagan consciente para no volver a despilfarrar.
 Mi esperanza es la misericordia infinita de Padre Dios, y, por supuesto, en mi arrepentimiento y en actuar ahora en consecuencia.
En la espera deseada que desparezca de la tierra el despilfarro, y si lo hay sea condenado en la medida del daño causado, para que sirva de ejemplo y nadie se le ocurra volver a cometerlo
 Roguemos, como siempre, por todos nosotros para que Padre Dios nos conceda la gracia de ser, a los no creyentes: buenos ciudadanos, y a los creyentes: buenos ciudadanos.






miércoles, 20 de septiembre de 2017

“CONCIENCIA DE PUEBLO”.



 “CONCIENCIA DE PUEBLO”


Estoy preocupado por nuestro pueblo,  y por todos los pueblos del mundo.
Vivimos en un pueblo cuando podemos dar una respuesta positiva a estas tres preguntas:
¿Qué grado de intimidad, de relación tenemos con nuestros vecinos?
Cada vez que vamos a nuestras casas ¿sentimos que nos acercamos a algo propio?
Y tercera: las casas, las calles, las tiendas, y, en especial, las personas de este lugar ¿tienen algún significado para nosotros?
¡Hay de aquel que no lo sienta así! Porque es un forastero, o vive en una ciudad, triste e incomprensiblemente: los humanos somos seres sociables.
Identificar e identificarnos con lo que nos rodea - como lo hacemos cuando somos miembros de un pueblo y con identidad - depende, en gran parte, de los años que hemos vivido en él y, supongo, esa identificación es mayor cuando, además, nuestros antepasados también fueron vecinos de nuestro pueblo.
Y la razón fundamental es que conocemos y hemos vivido su historia y somos personas educadas, con urbanidad.
A partir de ese momento, los vecinos dejan de ser “conocidos de vista”, y pasan a tener una mayor relación y comunicación. Siempre insisto en lo mismo: que intentemos no perder la convivencia para seguir siendo pueblo.
Relacionarnos los unos con los otros, eso es pueblo.
Los pueblos se diferencian de la vida de una ciudad porque los habitantes se conocen y se relacionan entre sí.
Existe, hay una relación directamente proporcional, pero cargada de contradicción: cuanto mayor es la congregación de casas y vecinos en una ciudad, mayor es también el aislamiento y la desconexión entre ellos. Y no digamos  ahora con el móvil.
En un pueblo nos conocemos y somos conocidos.
Los que vivimos en el mismo Distrito siempre nos hemos caracterizados por el cariño que le hemos tenido a nuestros pueblos, y la gran relación personal entre nosotros.
Y que espero le sigamos teniendo. Aunque ha comenzado un aislamiento.
Los seres humanos somos seres históricos, y lo que nos rodea termina siendo parte de nuestra historia.
Los árboles, las calles, los ruidos, los olores, la luz... son elementos que configuran nuestro pueblo, porque le dan una personalidad propia.
Hablar de nuestra casa es situarla dentro de una parte concreta de nuestro pueblo: una parte que nos es especialmente querida. 
Todo esto lo expongo, e insisto, porque no quiero perderlo, aunque crea que vamos camino de ello. Estas vivencias de pueblo no pueden quedar reducidas a la nostalgia de unos hechos humanos  que ya no vivimos.
El recuerdo de la relación de conocimientos y amistades que hubo en otros tiempos, pero que ya no existen. Si llegamos a eso, habremos perdido la noble categoría de pueblo: nos habremos convertidos en vecinos aislados de una ciudad, y posiblemente tristes y desamparados.
¡Qué tristeza si esto ocurriera! Se pierde una parte de la felicidad.
Perderíamos las relaciones cordiales, - más aún, cariñosas – entre nosotros. Y lo que eran vivencias alegres quedarían en recuerdos añorados.
Desembocaríamos en el clásico e incomprensible aislamiento de la ciudad.
Anónimos rodeados de muchos anónimos
Una fabulosa suma de seres aislados. ¡Qué triste, Dios mío!
Tenemos, y creo que debemos luchar, denodadamente, para que no desaparezcan nuestras vivencias como pueblo, y podamos seguir viviendo autosuficientes, en especial en el cariño y respeto que siempre ha existido entre nosotros. Así como el tratar de transmitírselo a nuestros hijos para darle continuidad en el tiempo y en los hechos.
Entonces podremos seguir siendo felices vecinos, porque vivimos en nuestro pueblo; en el que siempre hemos vivido, y en el que siempre queremos seguir viviendo.
De nosotros depende en gran medida, si participamos y nos relacionamos.
En espera de continuar viviendo como un pueblo, siendo seres sociables, educados y solidarios, compartiendo la felicidad, que es la más grande y duradera, reciban todo nuestro cariño con un fuerte abrazo fraternal y vecinal.



lunes, 18 de septiembre de 2017

"DECIR COSAS DE GRAN CANARIA".




 “DECIR COSAS DE GRAN CANARIA

         Decir cosas buenas, si, son muchas las que podemos y debemos de decir de nuestro pueblo, y de nuestra isla de Gran Canaria.
         Hemos nacido en un lugar privilegiado.
         Tenemos el clima más benigno del planeta Tierra.
         Se nos ha conocido por la “nobleza del canario”.
         Aquí no se blasfemaba.
         Lo normal ha sido, siempre, que nos respetemos los unos a los otros.
         Las personas mayores eran reverenciadas. Nunca se necesitaron las casas de acogida.
A nadie se le ocurría, ni siquiera pensarlo, en abandonar y no cuidar, con todo cariño y admiración, a nuestros mayores.
Cuando un mayor estaba hablando nadie lo interrumpía.
Todo esto ha sido normal, lo hemos hecho con la mayor naturalidad.
La educación que nos han dado nuestros padres y abuelos era la que ellos habían recibido, por lo tanto, los anteriores a ellos, también eran personas nobles y educadas.
No se sabe desde cuándo somos merecedores de ser llamado: “pueblo noble y educado”.
No cabe duda que ha habido y hay un problema.
Al ser unas islas “en medio del mar de la riqueza” - como diría mi tío Bernardino Correa -, tenemos una tremenda arribada de influencias foráneas, nos llegan las informaciones del exterior muy pronto, y si no tenemos una educación fuerte y firme nos puede arrollar lo de fuera. Como está pasando con el móvil y que tengamos que tener un coche.
Por eso tenemos que seguir fortaleciendo nuestras buenas costumbres. Lo que ha sido nuestra identidad.
Las influencias las hemos tenido siempre, pero siempre hemos incorporado lo que nos ayudaba a mejorar, nunca lo que nos perjudicaba.
Ahora hay unos comportamientos que me parecen mentira que los canarios hayamos llegado a esos niveles, de falta de civilización. Ya lo decía en un programa anterior: votar basura en las calles, esto no ha sido comportamiento de los grancanarios, jamás.
Esto debe de ser una influencia exterior que tenemos que combatir.
¿Qué otras cosas buenas?
La belleza de nuestras mujeres.
Las canarias eran la admiración de la España continental por su belleza y por su dulzura.
El “mi niño”.
¿Habrá frase más bella y cariñosa que esa? “Mi niño”.
Esto lo decimos los grancanarios.
¿Quién no conocía a su vecino? No sólo no se entendía sino que era inimaginable, incomprensible, no conocer y tratar al vecino.
Si a doña fulanita o don menganito lo veo y saludo todos los días ¿Cómo no voy a conocerla o conocerlo?
Otra cosa buena: el respeto a la propiedad ajena.
En mi juventud no existían ladrones. Las casas nunca se trancaban. Las puertas estaban sin pasada la llave, el que quería podía entrar en la casa que quisiera, y a la hora que quisiera.
Por supuesto, nadie entraba, era impensable.
Algunos coches no tenían ventanas, estaban abiertos siempre.
Nunca el pasado ha sido mejor que el presente, lo que sí nos pasa, como nos sucede a los humanos, es que nos enfermamos.
Yo creo, y quiero creer, que nos hemos enfermado, y tenemos que curarnos, y la única medicina que conozco es volver a influir en la familia, en los amigos, en la comunidad, con nuestros comportamientos nobles.
Que nuestras vidas traten de ser un ejemplo de educación y nobleza, y seguro, volveremos a ser lo que siempre hemos sido: un pueblo honesto, bueno, noble y educado.
         Necesitamos la felicidad para vivir felices, que es para lo que hemos nacido.
La felicidad es compartir, y sólo se vive así, cuando compartimos honradez, educación y nobleza.
En espera de ello, por lo mucho que le y les necesitamos, reciba y reciban el cariño que le y les tenemos, y sepa lo mucho que le y les necesitamos.
Sin usted, sin ustedes nosotros aquí no tenemos el menor sentido.

viernes, 15 de septiembre de 2017

“EL PESIMISMO Y LA TRISTEZA”.






      “EL PESIMISMO Y LA TRISTEZA”.


Hay muchas maneras de amargar la existencia. Entre ellas están el  pesimismo y la tristeza.
El pesimismo y la tristeza pueden llegar, si no obtenemos los  
resultados apetecidos y esperados, a crear angustia y desazón.
Ser pesimista es quien ve al universo como la mayor de las  
imperfecciones. Ser pesimista es quien juzga viendo lo más  
desfavorable, lo más negativo, no encontrando solución.
La tristeza son sentimientos de aflicción, de pesadumbre o de melancolía.
El ánimo y la alegría son los estados del alma y del corazón que nos  
benefician, al vecino, al familiar, al amigo, y a nosotros mismos.
El pesimismo amarga la existencia.
El pesimista  esta siempre viendo  la botella media vacía.
¡Cuando la vida es maravillosa!
La vida, de cada uno de nosotros es -no me cansaré de repetirlo- única e irrepetible.
Ni hubo, ni hay ni habrá quien viva mi vida, sólo y  exclusivamente yo, y solo yo  la viviré.
Mi vida y el vivirla son de tal valor que no existe cantidad para  pagarla, pero sí existen hechos que la revalorizan y la llena de contenido: la fe, la esperanza y la caridad.
Con fe, con esperanza y caridad no existe el pesimismo y la tristeza.  
Podrán existir situaciones problemáticas –unas creadas como  
consecuencia de mis actos, y otras inesperadas –que siempre tienen  
solución con mi honesta participación y la ayuda inestimable del  
familiar, del amigo o de vecino.
¿Cree que hay solución personal al pesimismo y a la tristeza?
Por  favor. Ayúdenos.
Díganos cómo. Mis ideas son solo una aportación, una  parte, pero necesitamos el todo. Y el todo lo hacemos todos, con nuestra honesta participación, con la libertad y el amor a los demás.
El vivir es maravilloso. Es el tiempo de encuentros y desencuentros, pero no de pesimismo o tristeza.
Tiempo de hacer el bien, deshacer el mal y repartir la honesta participación para tener la plena felicidad y la plena libertad. Pero siempre sin pesimismo ni tristeza.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

“¡QUERER, AMAR A MI PRÓJIMO!”.

 
“¡QUERER, AMAR A MI PRÓJIMO!” 
Querer, amar a mi prójimo tiene que ser un comportamiento instintivo y compulsivo, necesario y vital. Es el cimiento de la felicidad.

Amar a mi prójimo tiene que ser como respirar para vivir.

No se puede vivir sin amar al prójimo.

“¡El prójimo soy yo mismo en mi hermano!”

Desear el bien, gozar el bien y vivir el bien con intensidad y amor, es el camino seguro que conduce a mi prójimo, por amarlo como a mismo.

He vivido la felicidad al compartirla, pero al compartirla con mi prójimo. No puedo compartir si no tengo a mi prójimo.

¿Quién es mi prójimo? Quien me necesita y yo puedo y debo ayudarle con mi amor y con mi honesta participación.

“¡La honesta participación es amar sin condición!”

La vida es muy corta como para perderla en algo que no sea repartir el amor.

Amar con intensidad, amar con ardor, amar con pasión, tiene que ser la forma de vivir en la que me siento tan unido, tan cercano que busco a mi prójimo porque es mi hermano.

“¡El amor en la hermandad es la forma de vivir y repartir la felicidad!”

No vivo solo, vivo con mis hermanos los seres humanos, que son mi prójimo más cercano.

¿Quiénes son mis hermanos? Los de sangre y lo que estamos unidos por el amor y la hermandad que nos une hasta la eternidad.

Vivir es querer. Amar es querer. Mi prójimo es mi hermano, a quien tengo que querer y amar. Vivamos para ayudarnos.

Vivir sin querer es perder la vida sin sentido, ni razón y sin ninguna ilusión.

“¡Querer, amar a mi prójimo!” Llena la vida de contenido, nos pone en el camino de la santidad.

¿A qué espera? Le necesito. Yo soy su prójimo, que le necesita. No me deje, por favor óigame, escúcheme que le necesito.

No es devoción, es obligación que estemos todos pendientes de buscar a nuestro prójimo para amarlo con pasión, ayudarlo, y así redimir mis errores y pecados y ponerme en camino de la salvación.

Benditos y alabados sean los buenos, que buscan y encuentran a  su prójimo para amarlo más allá de la propia realidad. Es convertir en realidad el anhelo de su necesitad, porque somos sus hermanos.

Benditos y alabados sean quienes aman a su prójimo, ellos son los que me necesitan, como yo les necesito para mi santidad.

La santidad es amar al prójimo como a mí mismo, sentirlo y ayudarlo como a mi querido y amado hermano, y todo porque mi corazón rebosa de amor a mi prójimo que es mi hermano.

Querer y amar a mi prójimo es entrar en el espacio reservado a los santos, por ayudar, sin pedir nada a cambio, y recibir el eterno agradecimiento del profundo y agradecido amor de mi hermano.

Querer y amar a mi prójimo es llegar a la cumbre del amor, de la plena felicidad y alcanzar la mayor y mejor libertad.

Bendito y alabado sea quien ama a su prójimo porque es y sean: “¡Benditos y alabados sean mis hermanos que son mi prójimo amado!”

¿Quién es mi prójimo? Usted y su hermano.