martes, 26 de febrero de 2013

“¡LOA A LA JUVENTUD! CREO CIEGAMENTE EN ELLA”


Ruego a mi amigo don José Manuel Cabrera le haga llegar, a los jóvenes, esta mi LOA, con agradecimiento, y a la tanta grandeza de ambos, y ser portadores de la gran esperanza  de esa necesaria mayoría  honesta,  que participando tengamos la plena libertad, y seamos, lo que debemos ser: felices.


“¡LOA A LA JUVENTUD! CREO CIEGAMENTE EN ELLA”

Viene, ya ha llegado una juventud esplendorosa.
Cree, vive y entiende la solidaridad auténtica.
Han aprendido que, cuando lo bueno se utiliza por intereses de partido, la realidad se distorsiona y queda gravemente perturbada.
Para amar no se necesita ideología alguna. Sólo hace falta desearlo y vivirlo.
Lo saben y lo practican.
La juventud genera una inercia positiva – que tanto esperábamos, deseábamos y necesitábamos – que desplazará al mal.
Es inquieta, sabia y amorosamente participativa.
Camina segura y firme. Ocupa los puestos que los mayores teníamos copados inútilmente, y que ellos han recuperado para darles la belleza de la frescura, de la ilusión y de la esperanza.
Me emociona hablar de todo esto.
Veo y siento que se acerca ese mundo mejor por el que tanto hemos luchado (y seguimos , y seguiremos haciéndolo).
El pasota y el individualista -lastres pesadísimos que están paralizando el progreso material y espiritual del hombre, y son los grandes aliados del poder perverso- son hoy especies en vía de extinción.
Podemos hablar de un futuro mejor. De un futuro lleno de esperanza e ilusión  en el que todos seamos libres y, por tanto, felices.
Estos jóvenes comparten el trabajo e ilusiones, suman y no restan, dirigen y no se arredran ante la adversidad. Caminan seguros hacia ese futuro de esplendor que nos merecemos, y para el que hemos nacido.
¡Maldito quien entorpezca el caminar de esta juventud!
¡Condena, y a perpetuidad, para quien ose parar este proceso de recuperar y vivir valores éticos y religiosos!
Bendigamos a quienes cooperen y ayuden a este maravilloso impulso creador del bien, apoyándolo y ayudándolo para que sea arrollador. Para que elimine al mal.
Padre Dios: gracias por tus infinitas formas de ayudarnos. Ahora lo haces con estos jóvenes. Gracias por haberme permitido tener la felicidad de vivir este esperanzado caminar hacia una  realidad de felicidad y libertad, de ese mundo mejor que nos merecemos.
A ese mundo de paz, trabajo, honradez, participación, felicidad y libertad.
Aquí nos tienes, agradeciéndote el bien que nos haces en estos maravillosos jóvenes.
Tu siervo espera tu venida con mi partida.
Aquí estoy esperándote, rezando y rogando tu perdón y misericordia, y que no olvides a esta maravillosa generación de jóvenes que serán los que te amarán a ti y a su prójimo como a ellos mismos. Ya lo hacen, ayúdales a que perseveren.
¿Qué puedo pedir? ¿Y qué más puedo desear? Sólo esperarte y dar gracias.

domingo, 24 de febrero de 2013

MÁXIMA DE MI VIVENCIA Y CREENCIA.



MÁXIMA DE MI VIVENCIA Y CREENCIA.

Quien desprecia e ignora el cariño recibido, está condenado a la soledad y al olvido.    

viernes, 22 de febrero de 2013

“A LAS MADRES”




“A LAS MADRES”

¡Las Madres! ¿Qué han hecho y harán por nosotros? ¿Qué haremos nosotros por ellas? Todo.
Por la gracia de Dios, tenemos dos madres: la Virgen Santísima – madre de Jesucristo y madre nuestra – y la madre que nos trajo al mundo.
A una le debemos la vida terrenal. A la otra la espiritual y eterna.
Ambas han aprendido la misericordia de Padre Dios. Esa misericordia es nuestro mejor y más valioso recurso, porque su compasión es nuestra salvación, el espacio donde nos sentimos seguros. Ahí encontramos el ejemplo y la fuerza para ser misericordiosos con los demás.
La Virgen María conoce, como nadie, el misterio de la misericordia divina, por eso la llamamos “Madre de misericordia”.
Y nuestra madre natural nos conoce y ama, como nadie.
¿Cuánta felicidad y orgullo debe sentir cualquier madre, joven o no tan joven, casadas o solteras?
La maternidad eleva a la humanidad, y a la propia madre, a la cumbre de la existencia.
Gestar y desarrollar un nuevo ser. ¿Hay algo mayor que ser padres?
La maternidad lleva  aparejada la bondad, el darse y amar apasionadamente.
Roguemos por los padres y las madres, así como por sus hijos.
Roguemos por la vida.
Démosles a nuestras madres el mayor cariño, con eterno agradecimiento. Nos han dado la vida.
Las madres son madres … ¿Qué más se puede ser? ¿Qué más se puede dar?
Una familia con hijos, unida, sólida y educada, es el cimiento firme sobre el que puede crecer una sociedad libre.
La maternidad y la familia merecen la atención y el apoyo por parte de los poderes públicos  y de los individuos particulares.
Gran parte de los problemas sociales y personales tienen su origen en fracasos o carencias familiares.
No hay nada mayor que ser madre.
Cuidémoslas, querámoslas y la vida personal, familiar y social serán lo que deben ser: un lugar lleno de amor y experiencia, tan necesarios para la plena felicidad y la libertad.
Ser madre es la grandeza.
Querer a las madres es el recreo de la nobleza
Benditas sean por siempre jamás, y nosotros sus amores, seamos buenos hijos y eternamente agradecidos.
Todo por una maravillosa obligación, la que nos obliga a ser participativos, no pasivos,  contribuyendo con nuestra honesto comportamiento al bien personal y familiar, y, como consecuencia, al bien social.

martes, 19 de febrero de 2013

“HONOR AL VALIENTE Y DESHONOR AL COBARDE”



Al amigo don Luis Ángel Díez Lazo, -que me ha inspirado por su valentía en la exposición de los temas y defenderlos – con todo el cariño y admiración.


 “HONOR AL VALIENTE Y DESHONOR AL COBARDE”

Una de las grandes dotes humanas es la valentía, y una de sus mayores taras es la cobardía.
El valiente afronta los problemas con la hombría de bien de los grandes hombres. Su vida está llena de valores le hacen actuar de esa manera, en especial amando al prójimo y tratando de hacer el bien a los demás.
El cobarde, por desgracia, rebaja el valor inconmensurable de su prójimo, lo sitúa en el nivel más bajo y vil de que es capaz y desea perjudicarle. En definitiva, se amarga a sí mismo, en especial por falta de valores.
El valiente mira de frente.
El cobarde baja la cabeza, generalmente como consecuencia de su mala o ninguna educación.
La envidia, como la cobardía, es un cáncer psicológico, que recome a quien la padece por dentro. Les amarga la existencia. Las personas envidiosas y cobardes dan pena.
Suelen ser seres resentidos, que usan el anonimato cada vez que pueden.
Tienen que sufrir mucho.
El valiente se siente seguro y transmite seguridad, ayuda al vecino, da ejemplo a la comunidad.
Su valentía le da una enorme nobleza.
No hay valentía sin nobleza.
No hay nobleza sin valentía.
Un cobarde puede ser todo, menos noble.
El comportamiento del valiente y del cobarde puede tener un componente familiar y de educación. A veces parece hereditario.
Hay familias valientes y familias cobardes. Todo, lo bueno y lo malo, se contagia y se transmite.
¿Cuánta responsabilidad tenemos los padres con la educación que damos a nuestros hijos?
No creo que la cobardía ni la valentía se improvisen.
¡Dichoso aquel que aumenta sus virtudes! ¡Feliz aquel que trata de corregir sus defectos!
Recemos y ofrezcamos sacrificios en agradecimiento por los valientes, y para que los cobardes dejen de serlo, y se unan con aquellos que aportan el bien personal, familiar y social.
Alegrarse con aquellos que llenan el alma de alegría y bien, y rezar por los cobardes que la llena de odio y de amargura, siendo los primeros en sufrir la tristeza y amargura consecuencia de su comportamiento.
Recemos, y mucho, para que unos aumenten sus valores y otros disminuyan sus errores. Y así se beneficien ellos y la comunidad.
Admiro y rezo por el valiente. Me apeno por los cobardes, pero también rezo por ellos.
Con cobardía no hay felicidad. Tampoco libertad. La libertad la hacen crecer los valientes con su trabajo, con sus valores y con su buena voluntad. 
Honor al valiente y deshonor al cobarde. Pero sin olvidar nunca que ambos son seres humanos.

viernes, 15 de febrero de 2013



Responder y agradecer la felicitación que me hizo, mi querido y admirado amigo, don Vicente Díaz Melián, con ocasión de haber sido uno de los candidato a Hijo Predilecto, así como a otro premio Social, ambos del Cabildo de Gran Canaria, y rechazado por acuerdo unánime de los grupos. La información que tengo ha sido por la prensa local y un primote.

 “NO HABER SIDO PREMIADO COMO HIJO PREDILECTO”

Detallo datos para aclarar al lector lo que quiero exponer, que es:
En un periódico local aparezco propuesto, entre otros, para Hijo Predilecto de la isla, galardón que otorga el Cabildo de Gran Canaria y ser el máximo honor al que puede aspirar un grancanario.
También figuro para otro premio Social.
Dos días más tarde, y en el mismo rotativo, apareció la lista de los nominados, en la que no figuraba.
Lógicamente, no debo tener los méritos para ese honor, no me aceptaron.
No dejo de reconocer que me agradó verme nominado o propuesto. La conclusión fue negativa, y se me perdieron las posibles ilusiones, porque soy de los creo que: honores en vida.
Por la misma razón no entiendo se den honores a muertos. Me parece que se ofende a las corporaciones anteriores, salvo que se aclare las razones de la nominación. Además no se le da esa alegría y reconocimiento a los que están vivos -que son merecedores-, sirviendo, demás, como ejemplo. Tan necesarios en estos momentos de corrupción y de ladrones.
Si creyera lo contrario solicitaría esos honores para el Rey Don Fernando Guanarteme, para don Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid Campeador) … -de quienes me honro descender- creo sobradamente merecedores de los mismos.
Una señora de Tamaraceite solía decir: “después de muerta, de mis nalgas hagan tiras. Opino igual.
A los vivos nos debe alegrar recibir honores y, al mismo tiempo, el premio nos responsabiliza para seguir siendo ejemplo.
Quien reconoce y da honores a personas o entes vivos se engrandece, y quienes los reciben se enaltecen.
Me apena que hayan encontrado a tan pocos grancanarios vivos merecedores de esos honores. ¿Nuestro pueblo está tan falto de ellos?
Lo que sí puedo decir, a título personal, es que he tenido la enorme e inconmensurable alegría y esperanza de ver los muchos amigos que tengo. Llenan mi vida y son fundamento de mis cuatro pilares: Dios, la familia, los amigos y la comunidad, aunque esta última no me considera con méritos, lo que no le discuto, y apruebo.
Gracias amigo Vicente, que Padre Dios te siga bendiciendo, a los tuyos, amigos (en los que me encuentro) y vecinos.
La felicidad es compartir, y si está fundamentada en el honor, la verdad, la honestidad y la libertad, bien vale vivir y seguir luchando por ese mundo mejor.
Y todo por amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
Quiero apasionadamente a mis paisanos y a la humanidad entera, y les deseo la plena felicidad y libertad. Y reitero las gracias Vicente. Un fuerte abrazo.




martes, 12 de febrero de 2013

“MI VISIÓN DEL SENTIDO CRISTIANO DE LA MUERTE”



“MI VISIÓN DEL SENTIDO CRISTIANO DE LA MUERTE

San Pablo  escribe a los primeros cristianos de Tesalónica “que: “como el ladrón en la noche, así vendrá el día del Señor”.
Es una llamada a la vigilancia, a no vivir despreocupados de ese día definitivo – el día del Señor – en el que por fin veremos cara a cara a Padre Dios.
En algunos ambientes hoy, no es fácil hablar de la muerte, suena a algo desagradable. Sin embargo es el acontecimiento más importante después del nacimiento.
No se puede vivir de espaldas a esa realidad, y menos ignorar el sentido verdadero de la muerte.
En vez de considerarla como una hermana, se la ve como una catástrofe, porque viene a echar por tierra los planes e ilusiones de la vida. Y, entonces, se la ignora. O se la ve como el fin del bienestar que tanto cuesta amasar en la tierra. Sin darnos cuenta que es la llave de la felicidad eterna.
“Vita mutatur, non tollitur”, la vida se cambia, pero no se pierde.
Para nosotros la muerte es el final de la peregrinación y llegada final a la meta definitiva: al encuentro con el Señor, su Santísima Madre, los santos, nuestros familiares etc.
Allí nos espera en ese Cielo toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios, saciándonos eternamente.
La Sagrada Escritura nos enseña que “Dios no hizo la muerte, ni se alegra en la perdición de los seres vivos”.  Antes del pecado original no existía la muerte con ese sentido que le damos hoy de dolor. Ese pecado, el querer ser como Dios,  trajo la pérdida de dones extraordinarios como la inmortalidad, y ahora, para llegar a nuestra morada definitiva, tenemos que atravesar esa puerta dolorosa  del tránsito de este mundo al Padre.
Jesucristo, con su muerte y su Resurrección, destruyó la muerte e iluminó de nuevo  la vida;  convirtió la muerte en un paso imprescindible para  una Vida nueva la vida eterna.
Jesús dijo: Yo soy la resurrección y la Vida; el que cree en Mí, aun cuando hubiere muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre.
Con la muerte adquirimos la plenitud de la Vida.
Si se tiene como fin casi exclusivo de la propia vida los bienes materiales, la muerte es el fracaso total. Acaba con todo lo que dio sentido a la vida: el placer, la gloria humana, el poder perverso para satisfacer  las ansias desordenadas de dinero o bienestar material…
Por el contario, los católicos, creemos que permanecerán los bienes que se refieren a  la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad... en pocas palabras: permanecerán los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo.
El pensar en la muerte nos debe enseñar a aprovechar gozosamente cada día como si fuera el único. Y convertirlo en nuestra honesta participación diaria en el cuidado de la naturaleza y en la búsqueda del bien común, por el amor a Dios y a los demás, que es nuestro bien de ahora y que durarán para la eternidad.
“Viviendo no como necios, sino como prudentes, redimiendo el tiempo” no perdiéndolo, aprovechándolo para bien de todos. Y conseguiremos después el cielo, y ahora la felicidad y la libertad terrenal.

viernes, 8 de febrero de 2013

“LA PAZ”


 “LA PAZ

La Paz es un bien de valor intrínsecamente incalculable porque es muy difícil obtenerla y mantenerla desde fuera de nosotros mismos.
No hay paz exterior si no hay paz interior. La paz de todos es la suma de la paz de cada uno y como consecuencia de la honesta participación de la comunidad.
Los momentos pacíficos son un mero sucedáneo, una falsa paz. La emulan, pero nunca llegan a igualarla.
No hay paz sin libertad,
¡Vivir la PAZ! Es la necesidad más deseada, después de la salud y la libertad.
Todos aspiramos a tener paz y a vivir en paz, pero no todos la alcanzamos.
Sin valores éticos o religiosos es imposible disfrutar de la paz, y menos aún mantenerla.
La paz es un bien que invade el alma y el cuerpo, envolviéndolos en un halo de luz y felicidad que contagia.
La paz no se altera, no se irrita, no se crispa, ni es amarga. Es dulzura, sinceridad, honestidad, bondad, tranquilidad y, en especial, honesta participación.
¡Dichoso quien la posea! Porque habrá trabajado para conseguirla. La paz no llega inadvertidamente, ni por generación espontánea.
No se prodiga ni se compra.
Una de nuestras ventajas frente al poder perverso es que no tiene la paz. Es imposible que la tenga: va contra su propia naturaleza. Tendrá dinero y poder, pero no la paz.
La paz sólo se consigue viviendo las virtudes del alma, porque en ellas es donde radica, donde se desarrolla, y donde la sentimos, la gozamos, y la transmitimos.
Hay que estar vivos, con la conciencia tranquila, limpia y el alma predispuesta para recibir y dar la paz. Es el único lugar donde puede sobrevivir, brillar y resplandecer.
Roguemos por la paz. Trabajemos por la paz, y tendremos la paz.
Durará si damos continuidad a nuestra libre y honesta participación.
No hay felicidad ni libertad sin paz. Ni paz sin felicidad y libertad.

martes, 5 de febrero de 2013

“AMOR ES RELACIÓN”

“AMOR ES RELACIÓN”

Amar y ser amado es lo único que importa. Quien no ama y no es amado acaba por enfermar, queda maltrecho y trastornado, individual y socialmente.
La presencia del Amor, por mínima que sea, es fuente de regeneración. Anuncia que la más profunda aspiración de la humanidad está en camino. Que el ser que quiere o es querido, mucho o poco, camina hacia la santidad.
Cuando nuestro amor está bajo mínimos, cuando apenas lo sentimos o expresamos, comenzamos a buscar disculpas, a justificarnos. Sentimos su ausencia: un silencio, vacío y hueco, que ensordece el alma.
Todos y cada uno de nosotros, todos y cada uno de nuestros momentos son sumamente importantes. Somos, y son, una especie de gota de agua, que hace y forma parte de un río.
No hay río sin gotas de agua. A mayor número de gotas, el caudal es mayor. Lo mismo ocurre con el río del amor: cuanta más gotas, más crece nuestro amor y nuestra aportación bienestar personal y social es mayor y mejor.
En cada instante de nuestra vida, podemos aumentar o disminuir la corriente y necesaria de la vida humana endulzándola o agriándola. Lo conseguiremos si amamos o dejamos de amar. También si nos dejamos o no amar.
El río de nuestra vida son las gotas de amor que cada segundo vamos creando, viviendo y repartiendo. Si hemos amado mucho, nuestro río será ancho y caudaloso (la longitud no está en nuestras manos). Ese río habrá regado una zona mayor o menor, de acuerdo al amor que hayamos repartido.
En las relaciones interpersonales no hay espacios incoloros, inodoros, ni insípidos. Cuando no construimos, destruimos. Cuando no recogemos, desparramos.
Si hemos amado mucho habremos regado mucho. Muchos se habrán beneficiado, porque con el amor se llega a la felicidad terrenal, y seguro a la eterna.
Hay quien opina que es en el momento de la muerte cuando se alcanza el amor puro, porque se verá a Dios. Y DIOS ES AMOR.
Tenemos que conseguir la plena confianza personal y social, que es el momento de la entrega total a Dios y a los hombres. El amor para la eternidad aporta un beneficio al momento actual. Y esto es muy necesario porque el pasotismo y el individualismo materialista han desterrado el amor de nuestro presente histórico.
En el momento de su muerte, Jesucristo dijo “PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRTIU”.
Jesucristo Dios se siente querido, amado por el Padre y sabe que su Padre Dios recibirá su Espíritu con todo amor.
En esta vida tenemos que intentar acrecentar el amor que recibimos y que repartimos. De esta manera, ell río al que pertenecemos regará una zona amplia de nuestra vida y de la de los que nos rodean, y de aún más allá..
No hay felicidad sin amor. Y no hay amor sin felicidad.
Si repartimos amor y recibimos amor, alcanzaremos la felicidad.
La felicidad es amor. Y el amor es felicidad. Y lo habremos conseguido cuando nos hayamos relacionado.
A mayor relación mayor amor. Y a mayor amor mayor relación.
Esto es lo que nos conduce a la felicidad plena: la honesta participación, el poder de la libertad de amar y ser amado, y el amor al prójimo como a nosotros mismos

viernes, 1 de febrero de 2013

“AMOR A LA VERDAD”



“AMOR A LA VERDAD”


¿Cuántas verdades existen?
Yo se cual es la mía.
También se que todo puede ser confundido. Incluso se puede mentir si falta rectitud de conciencia.
Por amor a Dios y al hombre siempre se debe decir la verdad. Es una cuestión de caridad, de justicia y de valores.
Al hombre se le debe, siempre, el buen nombre, el respeto, la consideración, y la fama que haya merecido.
La calumnia, la murmuración, la maledicencia, la crítica malévola … son faltas a la verdad. Y faltas a la justicia, pudiendo crear graves problemas al injuriado.
También se falta a la verdad con el silencio, cuando se omite la defensa de la persona injuriada. Ese silencio supone aprobar el mal que se oye y no reprobarlo. Incluso alabando se puede faltar a la verdad.
¡Lo mejor es no comentar nunca rumores infundados!
¿Cuántos medios de información promueven este tipo de mentiras? Nuestra obligación es ser consciente de ello ... y no gastar un céntimo ni un minuto en prestarles atención.
Las personas, como las instituciones, tienen la obligación de decir la verdad. También tienen derecho a que se diga la verdad sobre ellas.
¿Cómo se nos conoce? ¿Como personas que decimos la verdad?
Debemos rogar a Padre Dios que nos ilumine y siempre digamos la verdad, pero sin ofender.
Formar juicios precipitados y basados en informaciones superficiales es otra forma de mentir, que puede causar un grave daño.
Conviene no subjetivar los hechos, mantener siempre un sano espíritu de crítica para eliminar los posibles errores tendenciosos o informaciones incompletas.
El amor a la verdad debe ser la constante en la comunicación. Nos defiende frente a un cómodo conformismo, pues se trata de huir de las simplificaciones parciales o sectarias, y de buscar siempre la verdad.
Si actuamos así, el mundo será lo que tiene que ser, un mundo donde se respeta la dignidad de la persona sobre todas las cosas con la verdad.
La justicia, ser justos y honestos, hará posible el mundo que nos merecemos. Dejaremos de ser esclavos y seremos seres libres. Entonces podremos ser auténticamente felices.
Y todo amando la verdad, porque amamos a Dios y al prójimo como a mostros mismos.
Curemos los ojos del alma para ver la verdad y decirla.
San Agustín decía: “procurad adquirir las virtudes que creáis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”
Veamos lo bueno de las personas para disculpar errores y ayudarles a que digan siempre la verdad.
La verdad en vivir la justicia en las palabras en los hechos, respetando y considerando al ser humano como únicos e irrepetibles.
Amemos  a la verdad, y seremos libres.