martes, 17 de septiembre de 2013

“LA PALABRA DICHA, LA PALABRA DADA Y LA VERDAD”

 “LA PALABRA DICHA, LA PALABRA DADA Y LA VERDAD”

Creo que salvo única y última solución, jamás se debe jurar.
La palabra dicha tiene que ser como un documento irrebatible.
La verdad se transmite con la palabra y con el ejemplo.
Jesucristo dijo: “pero yo os digo”, señalando la autoridad de la palabra dicha. San Mateo recoge otras palabras de Jesús: “A ustedes les debe bastar decir sí o no”.
 La palabra tiene que tener la fuerza y el valor de la persona que se siente comprendida y creída.
La palabra debe bastar.
Nos han de conocer como personas honestas y ciertas. Personas de palabra.
El valor de la palabra dada tiene que ser irrefutable.
Chafalmejas: quien no tiene palabra, dice ahora y es después. Dice después y es más tarde. Miente.
El mentiroso falta al honor y se rebaja así mismo, no es merecedor de crédito y de consideración, sino de aislamiento. Es enemigo de la comunidad.
La veracidad es una virtud necesaria en la convivencia, y en nuestra honorabilidad.
Las relaciones humanas y divinas deben estar basadas en la veracidad.
Hay que tener un gran amor a la verdad, a la palabra dada y a todo lo que se diga.
Hay quien usa la mentira en beneficio propio, para escalar, para engañar, para justificar…, esto es una cobardía.
“La verdad os hará libres”
Debemos ser ejemplares en lo que decimos y hacemos. Y siempre.
Decir, hacer y amar a la verdad y buscarla siempre.
Ser veraces es un deber de justicia, una obligación de caridad, de amor y respeto a sí mismo y a los demás.
El dar nuestra palabra es darnos nosotros mismos, nos comprometemos con lo que decimos, y es un compromiso basado en nuestra honorabilidad.
Ser leales y fieles, ser honestos.
Leal es quien cumple con sus compromisos: con Padre Dios y los hombres.
Fiel es quien es leal a su palabra.
Honesto es el decente, el honrado.
No cabe el relativismo ni la infidelidad.
Ser fieles a la palabra dada, cumpliendo con lo prometido, y dicho con toda libertad.
La vida  se desarrolla y depende de la fidelidad a la palabra dada, al cumplimiento de los deberes de la palabra dicha, y a la veracidad de nuestros actos.

Efectivamente “Nos debe bastar decir sí o no”.

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