miércoles, 20 de septiembre de 2017

“CONCIENCIA DE PUEBLO”.



 “CONCIENCIA DE PUEBLO”


Estoy preocupado por nuestro pueblo,  y por todos los pueblos del mundo.
Vivimos en un pueblo cuando podemos dar una respuesta positiva a estas tres preguntas:
¿Qué grado de intimidad, de relación tenemos con nuestros vecinos?
Cada vez que vamos a nuestras casas ¿sentimos que nos acercamos a algo propio?
Y tercera: las casas, las calles, las tiendas, y, en especial, las personas de este lugar ¿tienen algún significado para nosotros?
¡Hay de aquel que no lo sienta así! Porque es un forastero, o vive en una ciudad, triste e incomprensiblemente: los humanos somos seres sociables.
Identificar e identificarnos con lo que nos rodea - como lo hacemos cuando somos miembros de un pueblo y con identidad - depende, en gran parte, de los años que hemos vivido en él y, supongo, esa identificación es mayor cuando, además, nuestros antepasados también fueron vecinos de nuestro pueblo.
Y la razón fundamental es que conocemos y hemos vivido su historia y somos personas educadas, con urbanidad.
A partir de ese momento, los vecinos dejan de ser “conocidos de vista”, y pasan a tener una mayor relación y comunicación. Siempre insisto en lo mismo: que intentemos no perder la convivencia para seguir siendo pueblo.
Relacionarnos los unos con los otros, eso es pueblo.
Los pueblos se diferencian de la vida de una ciudad porque los habitantes se conocen y se relacionan entre sí.
Existe, hay una relación directamente proporcional, pero cargada de contradicción: cuanto mayor es la congregación de casas y vecinos en una ciudad, mayor es también el aislamiento y la desconexión entre ellos. Y no digamos  ahora con el móvil.
En un pueblo nos conocemos y somos conocidos.
Los que vivimos en el mismo Distrito siempre nos hemos caracterizados por el cariño que le hemos tenido a nuestros pueblos, y la gran relación personal entre nosotros.
Y que espero le sigamos teniendo. Aunque ha comenzado un aislamiento.
Los seres humanos somos seres históricos, y lo que nos rodea termina siendo parte de nuestra historia.
Los árboles, las calles, los ruidos, los olores, la luz... son elementos que configuran nuestro pueblo, porque le dan una personalidad propia.
Hablar de nuestra casa es situarla dentro de una parte concreta de nuestro pueblo: una parte que nos es especialmente querida. 
Todo esto lo expongo, e insisto, porque no quiero perderlo, aunque crea que vamos camino de ello. Estas vivencias de pueblo no pueden quedar reducidas a la nostalgia de unos hechos humanos  que ya no vivimos.
El recuerdo de la relación de conocimientos y amistades que hubo en otros tiempos, pero que ya no existen. Si llegamos a eso, habremos perdido la noble categoría de pueblo: nos habremos convertidos en vecinos aislados de una ciudad, y posiblemente tristes y desamparados.
¡Qué tristeza si esto ocurriera! Se pierde una parte de la felicidad.
Perderíamos las relaciones cordiales, - más aún, cariñosas – entre nosotros. Y lo que eran vivencias alegres quedarían en recuerdos añorados.
Desembocaríamos en el clásico e incomprensible aislamiento de la ciudad.
Anónimos rodeados de muchos anónimos
Una fabulosa suma de seres aislados. ¡Qué triste, Dios mío!
Tenemos, y creo que debemos luchar, denodadamente, para que no desaparezcan nuestras vivencias como pueblo, y podamos seguir viviendo autosuficientes, en especial en el cariño y respeto que siempre ha existido entre nosotros. Así como el tratar de transmitírselo a nuestros hijos para darle continuidad en el tiempo y en los hechos.
Entonces podremos seguir siendo felices vecinos, porque vivimos en nuestro pueblo; en el que siempre hemos vivido, y en el que siempre queremos seguir viviendo.
De nosotros depende en gran medida, si participamos y nos relacionamos.
En espera de continuar viviendo como un pueblo, siendo seres sociables, educados y solidarios, compartiendo la felicidad, que es la más grande y duradera, reciban todo nuestro cariño con un fuerte abrazo fraternal y vecinal.